La lentitud más que un arte, es un acto sagrado que hemos olvidado

Hoy todo pasa rápido. Todo es prisa. Todo es ruido.

Nos exigimos demasiado. Nada es suficiente. Miramos lo de al lado y comparamos: por qué ella y no yo, por qué sus hijos y no los míos. Y así, sin darnos cuenta, la prisa se sienta en nuestra mesa, en nuestra cocina, en nuestra forma de criar, de comer, de respirar.

Nosotros mismos nos ocasionamos el estrés. La ansiedad. La frustración. La depresión. Y llevamos arrastrando a nuestros hijos.

Si eres padre, dices: «¿por qué ahora los niños o los adolescentes no tienen tolerancia?» Cuando nosotros, como adultos, tampoco la tenemos.

Esto también lo llevamos a la alimentación

Comemos alimentos procesados. Rápido. Listo para comer. Olvidamos todo el ritual que es hacer de comer, preparar nuestros alimentos, tomarlos con nuestras manitas, impregnarles esa energía que damos a través de los alimentos. No solo es el ingrediente. Es la energía amorosa con la que lo hacemos.

Yo también viví así.

No leía las etiquetas de lo que compraba. Apuraba a mis hijos: «apúrense a vestir, apúrense que vamos». Todo listo, todo rápido, todo vacío.

Hasta que un día mi hija me pidió una Coca-Cola.

Y algo se me movió por dentro.

No fue la Coca-Cola en sí. Fue lo que había detrás. Fue darme cuenta de lo que le estaba enseñando sin querer: que lo rápido llena, que lo dulce calma, que no hay tiempo para preparar algo con las manos. Mi hija me estaba pidiendo lo que yo le había enseñado a pedir.

Ese día algo cambió. No fue de golpe. Fue como cuando la tierra se ablanda después de la lluvia. Comencé a cambiar mi actitud ante la vida. Y mis dones comenzaron a salir.

Hoy me visualizo como soy ahora, como si me viera en una película. Y encuentro paz. Encuentro fe. La fe de que eso que no puedo, sí hay una posibilidad de cambiarlo.

Mira el jugo verde.

En la licuadora, las cuchillas giran rápido, lo oxidan, no se aprovechan todos los nutrientes. En un extractor de prensado en frío, todo gira lento, sin dañar los ingredientes. El jugo vive más. Se aprovecha todo el néctar.

Lo mismo pasa con la vida.

Recordemos que todo aquello que se encuentre cerca de la naturaleza es más saludable.

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Susy Padua — Rancho Bacano

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